Diario de Viaje – Cruzando las Sierras Chicas

Diario de Viaje – Cruzando las Sierras Chicas

Las vueltas de la vida me trajeron aquí, hace quince años ya. Ni me lo hubiera imaginado antes de conocer a mi esposa, oriunda de estos pagos. Yo, supuestamente de paso por Córdoba hasta terminar mis estudios en turismo, volvería a mi tierra salteña. Podemos decir entonces que una “alemanita” me enamoró y atrapó en su terruño. Tal vez por ser “de afuera” y por mi vocación turista, pronto comencé a indagar y averiguar sobre mi nuevo hogar, a explorar sus rincones, desenterrar su historia y conocer anécdotas de antiguos habitantes.

Desde los primeros años me internaba en las Sierras Chicas, para disfrutar de sus vistas, sus aromas, sus colores en las distintas estaciones. Siempre buscaba un circuito distinto, muchas veces a campo traviesa, sin senderos, por pequeñas quebradas, siguiendo sus arroyos o por el filo de una loma. De esa manera adquirí un completo conocimiento de la zona y fui aprendiendo sobre su flora, sus aves y su historia.

De esa manera recuperé una travesía que realizaban los primeros colonos centroeuropeos y turistas de Villa General Belgrano y que con el correr de los años se dejó de hacer. Esta histórica excursión se hacía cruzando las Sierras Chicas uniendo Villa General Belgrano con la pintoresca y pequeña localidad de Parque Calmayo y figuraba en la guía de paseos y excursiones publicada por Federico Schnabel y Juan Jungnickel, que circulaba por 1946 y en la cual se exponían con lujo de detalles los diferentes paseos que podían realizarse en el Valle y los senderos que recorrían distintos sectores de las Sierras Chicas. Todavía se pueden escuchar relatos de viejos pobladores, sobre sus asiduos recorridos por las sierras, disfrutando de lugares como la Cascada, el Steinmann, la Quebrada del Jabalí y del Damasco y el Cº Plumerillo. Antes el acceso era libre aunque las sierras tuvieran dueño, ahora se debe contar con el permiso de los mismos.

El circuito comienza en inmediaciones del Pozo Verde, pequeño estanque construido por los primeros colonos sobre el arroyo El Sauce, enmarcado en una pequeña quebrada de profusa vegetación. Una mañana a principios de febrero llegué bien temprano al lugar junto  a Raúl, un incondicional compañero de aventuras y otros amigos. Luego de chequear bien el equipo y las provisiones, partimos siguiendo un sendero junto al arroyo, cruzándolo en varias oportunidades, por pintorescos rincones, acompañados por el suave y rítmico sonido del agua, como ya lo describía Don Atahualpa en sus versos “El Río”, los sonidos del agua nos dan clases de música. Una variada vegetación formada por especies autóctonas y foráneas enmarcaban un paisaje multicolor, con diversas texturas y fragancias. El barullo de las cotorras alegraron la mañana. A poco de andar encontramos las ruinas de la enigmática “Casa de los Pastores”. Tras sortear una tranquera, nos internamos por la llamada Quebrada de la Zarzamora. A partir de aquí la travesía comenzó a adquirir mayores matices de aventura. Muchas pistas nos delataron la importante actividad ganadera del lugar. Varios arroyos se van uniendo para formar “El Sauce”, por lo cual también son varias las alternativas de senderos y posibles rutas a seguir, por lo que adentrarse sin conocer el lugar o tener algunas referencias puede convertirse en un dolor de cabezas para llegar a buen puerto. Los zarzamorales, compactas formaciones de grataegus y otras especies espinosas pueden dificultar el avance hasta el extremo. Nuestra ruta siguió por la llamada Quebrada del Damasco, que provoca una importante cicatriz en las sierras, corriendo de norte a sur por detrás del conocido Cerro Plumerillo. Remontamos esta quebrada, en partes por lugares sin sendero buscando las nacientes del arroyo. Unas antiquísimas taperas en cercanías de nuestro camino llamaron nuestra atención, Son las ruinas del “Corral de Cuero”,  que nos remontan a otras épocas. Luego de un ascenso cada vez más notorio se llega por fin a la zona de divisoria de aguas en donde se empalma con un sendero mucho mejor marcado y que viniendo desde el bajo, busca ganar altura zigzagueando por un tupido filo serrano. Probamos unos ajíes silvestres parecidos al de la mala palabra, que nos hicieron lagrimear por una hora, jeje. A medida que continuamos nuestro recorrido, los rastros de urbanidad fueron quedando cada vez más lejanos y nos introdujeron en otro mundo, mucho menos conocido y frecuentado. Los arbustos y pastizales ganaron protagonismo en medio de infinitas pircas. Tras algo más de 3 horas de caminata llegamos a lo más alto de las sierras. Nuestro camino cambió de rumbo buscando algo hacia el norte el Steinmann u “Hombre de Piedra”. Se trata de un antiguo hito geográfico aparentemente construido por el IGM como punto referencial formado originalmente por un amontonamiento de piedras de un par de metros de altura, el cual fuera reforzado por los frecuentes caminantes de épocas pasadas. Repusimos energías con unos ricos sándwiches los cuales acompañamos con una apetitosa bebida de tonalidad rojiza de nombre Cabernet y apellido Savignon. De aquí en adelante el sendero se hizo menos reconocible y la buena noticia fue que el camino ya no subía. Nuestro objetivo aún estaba algo distante pero la caminata se hizo más distendida. En el camino nos cruzamos con un lagarto overo de buen tamaño que nos observaba con atención. Cruzamos algunas pircas de excelsa construcción y de a poco perdimos altura. Llegando a nuestro destino, Parque Calmayo apareció ante nuestros ojos sereno y enmarcado en un pequeño vallecito quedado en el tiempo. Un poco hacia el norte divisamos las construcciones de los Monjes Benedictinos, los terraplenes de la Mina el Tacurú y la silueta inconfundible del cerro de la Cruz. Bajamos por una senda bien marcada y una vez internados en el pueblo,  tras 16 kilómetros y algo más de siete horas de marcha llegamos a la Casona de Calmayo, donde nos refrescamos con una bebida helada a la espera del transporte que nos buscaría para retornar a Villa General Belgrano.

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